MATRIMONIOS


La vida matrimonial: la vocación de todos los cristianos
El matrimonio es una manifestación privilegiada de la fidelidad de Dios y de la Alianza con su pueblo. Para comprender la relación de Dios con Israel, el nos habla del amor de los esposos; para que el pueblo descubra su pecado, Dios habla de adulterio y de prostitución. Así, tanto en Israel como en la Iglesia, el matrimonio es el símbolo de ese amor gratuito de Dios. Y hasta tal punto que es el sacramento que simboliza el amor de Cristo a su Iglesia. Vivir el matrimonio como una llamada de Dios exige par parte de los esposos haber descubierto en su mutuo amor la presencia de un Amor infinitamente mas grande, mas entregado y mas fiel, como no puede serlo mas que el amor de Dios mismo.
1.- Llamados al amor
Al igual que para toda la vida cristiana, también para el matrimonio la única y verdadera ley es el amor (cf. FC 11). Este amor asegura la donación mutua total y la comunidad de vida y amor en todos los niveles del matrimonio. Pero solo dentro de la perspectiva de la fe la experiencia de un amor auténtico es verdaderamente respuesta a una llamada personal dirigida al creyente por parte de Dios en Cristo. Solo en la fe tal experiencia es una vocación en estricto sentido, un momento importante y con frecuencia decisivo de la vocación más general a la fe y a la salvación. No despierta el amor cualquier cosa (ni incluso algo constitutivo del hombre, como es la sexualidad), sino alguien: llama al amor el Amor.
La vocación al amor, al que orienta la realidad sexual (cf. FC 32), se manifiesta a la luz de la fe como un rasgo de la imagen de Dios, esto es, de la semejanza con Dios impresa en el hombre por la creación, origen de una semejanza que no radica solo en el alma del hombre, sino en todo su ser, junta e inseparablemente espiritual y corpóreo. Y el amor humano es tanto más auténtico cuanto más desinteresado, oblativo y fecundo, como lo es el amor de Dios.
El amor humano, precisamente porque esta llamado a referirse al amor trinitario de Dios, no puede quedarse en lo meramente humano, sino que ha de orientarse al amor infinito que es su origen y su ejemplo (cf. FC 12): esta llamado a amar a Dios mismo. «Nuestro corazón esta hecho para amar a Dios mismo y para vivir eternamente en comunión de amor con él, de tal modo que solo en él puede encontrar su descanso». De forma que solo en Dios se autentifica plenamente la experiencia del amor humano.
Así, en su dimensión más profunda, el matrimonio no es una realidad que dice relación solamente al hombre y a la mujer; es tan profunda y trascendente que implica el mismo misterio del amor de Dios. El matrimonio simboliza y realiza el amor que Dios profesa a los hombres. La máxima dignidad del sacramento del matrimonio reside justamente en el hecho de ser la visibilización y concreción del amor de Dios a los hombres en el tiempo presente. Por ello, y en esa dimensión teológica, el matrimonio se sitúa en el ámbito de la vocación humana.
La sexualidad humana, cuando se vive dentro de la vida matrimonial, encierra una doble dimensión: unitiva y pro-creadora. La entrega corporal es el símbolo y la manifestación de un amor exclusivo, que se abre y encarna en la procreación. De la misma manera que esta requiere, a su vez, para que sea auténticamente humana, un clima de cariño, indispensable para la educación posterior.
Nadie puede poner en duda estas dos exigencias fundamentales del matrimonio, de las que se deriva también una doble obligación ética: la de amarse con un cariño fiel y único que lleva a una comunión total, y la de quedar abiertos al hijo, como prolongación del propio amor. La paternidad y la vinculación afectiva aparecen así como la tarea ineludible de toda pareja.
Solo una relación de amor es la que salvaguarda, uniéndolos, la realidad de los dos sujetos del matrimonio. Es el amor el que da la capacidad de ser desde el otro y con el otro y para el otro sin perderse a si mismo. Varón y mujer se funden en una unidad cuando entre ellos hay conocimiento, delicadeza, respeto, compromiso, ayuda y promoción mutua.
Así, la actuación de la sexualidad matrimonial no es sino la actuación de dos personas desde el amor, desde un amor que relaciona generosamente las exigencias de la masculinidad y la feminidad. Esta visión hace que la sexualidad aparezca en la historia de la pareja como amor y no como ley, como tarea y no como cosa estática, ya que la persona es una unidad dinámica.

Los mismos esposos, hechos a imagen de Dios vivo y constituidos en el verdadero orden de personas, siéntanse unidos por el afecto reciproco, por la analogía de pensamiento y la mutua santidad para que, siguiendo a Cristo, principio de la vida en los gozos y en los sacrificios de su vocación, por la fidelidad de su amor, lleguen a ser testigos del misterio de aquel otro amor que el Señor, con su muerte y resurrección, revelo al mundo (GS 52).
2.- Para ser uno
En la Sagrada Escritura encontramos el ideal de matrimonio, que muchas veces se opone a la experiencia real de familias concretas. Pero hay experiencias de vida matrimonial que resultan ejemplares con todas las riquezas de amor y fidelidad que se derivan del proyecto original de Dios. Es especialmente significativo el ejemplo de Tobias que —con su mujer— dirigen al Señor al comienzo de su vida matri­monial: «Tu creaste a Adán y le diste a Eva, su mujer, como ayuda y compañera; y de los dos ha nacido toda la raza humana... Ahora, Señor, yo no me caso con esta mujer por lujuria, sino con elevados sentimientos. Ten misericordia de los dos y haz que vivamos larga vida» (Tob. 8,6-7).
Y para que este ideal permaneciera siempre limpio, los profetas se encargaron de ofrecer una aportación decisiva, presentando la alegoría nupcial como expresión de las relaciones de amor y de fidelidad entre Dios y el pueblo de Israel: Dios es el esposo, o el novio, siempre fiel; mientras que Israel es la esposa o la novia, que a menudo le es infiel. Oseas es el primero en emplear esta imagen, partiendo quizás de su propia experiencia matrimonial fracasada.
La imagen nupcial tiene un doble alcance: por una parte, Dios no habría podido tomar la realidad matrimonial como símbolo de su amor a Israel si esta realidad no hubiera sido sentida y vivida como realidad de amor y de fidelidad total.
Por otra parte, Dios quiere dar una verdadera enseñanza sobre el matrimonio: este tiene sentido en la medida en que refleja las actitudes de Dios y asume sus valores.
Pero existe en la literatura bíblica un libro dedicado por completo al amor humano, al impulse del deseo que desembocará luego en el matrimonio: el Cantar de los cantares. El libro es todo un precioso poema en el que dialogan dos enamorados. ¿Se trata del amor humano o es una alegoría del amor de Dios a Israel? Pensamos que pueden caber las dos interpretaciones, pues así se hace aún más grande el amor, al vincularlo al tema de la Alianza. Así se funden de una parte la experiencia humana del amor, capaz de descubrir las exigencias de un amor verdadero y de otra el mismo mensaje profético que asume esta experiencia como símbolo del amor de Dios a su pueblo.
En el Nuevo Testamento el matrimonio es utilizado también para apuntar directamente a la relación del nuevo pue­blo de Dios con Cristo, y lo hace de varias maneras": 1) Cristo, el enviado del Padre, es el nuevo esposo de la humanidad, es la revelación histórica, absolutamente plena, del amor que Dios ha tenido por la humanidad. 2) Esta Nueva alianza en Cristo tiene una meta definitiva en la que los salvados vivirán unidos a Cristo —hay cantidad de parábolas que intentan expresar esta meta definitiva como un gran banquete de bodas (cf. Mt 22,1-14; 25,1-13; Lc. 12,35-48; 14,15-24). 3) Pero esta unión no es algo que este reservado solo para el tiempo futuro; se realiza ya ahora al unirnos con Dios por la fe y el bautismo —con la fuerza e intimidad de una vida conyugal—. 4) El matrimonio sirve para revelar esta alianza de gracia de Dios en Cristo; pero al mismo tiempo, esta alianza manifiesta en su más profundo y bello sentido la realidad del matrimonio —las relaciones de los esposos han de ser semejantes a las de Cristo y su esposa, la Iglesia—. 5) El matrimonio aparece ahora orientado hacia su punto más absoluto y central: la unión íntima y trascendente con Cristo. Así, los casados tienen una vocación escatológica y no pueden adherirse a la institución temporal del matrimonio como absoluta y definitiva.
Y hay un texto del evangelio, que no conviene silenciar, en el que Jesús habla de su concepción del matrimonio. Durante su viaje a Jerusalén, algunos fariseos, «para ponerlo a prueba», le preguntan si esta permitido al hombre repudiar a su mujer. Jesús proclama que no es licita ninguna forma de divorcio: «¿No han leído que el Creador desde el principio los hizo varón y mujer, y que dijo: "Por esto el hom­bre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne?". De tal manera que ya no son dos, sino una sola carne. Por tanto, lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre... Moisés les permitió separarse de sus mujeres por la dureza del corazón de ustedes, pero al principio no era así. Por tanto, les digo que el que se separa de su mujer, excepto en el caso de concubinato, y se casa con otra, comete adulterio» (Mt. 19,4ss).
Las afirmaciones mas destacadas del texto mateano son Tres: 1) El matrimonio estable entra en el proyecto primor­dial de Dios, sin excepción ninguna a la indisolubilidad (cf. FC 20). 2) La disposición de Moisés sobre el divorcio tenía un valor transitorio, dada la dureza de corazón de los hebreos, cerrados a las exigencias de la autentica voluntad de Dios. 3) El divorcio, con la transición a otro matrimonio, es simplemente adulterio.

3.- Para ser sacramento
La vida matrimonial no puede considerarse ni ser vivida sino a la luz de aquella concreta asunción de lo humano por lo divino, que es el mismo Cristo (cf. FC 13; ChL 40). Y así como la humanidad de Cristo es sacramento viviente de la autocomunicación de Dios, así en Cristo y en la Iglesia toda realidad auténticamente humana es, en cierto modo, sacra­mento de encuentro con Dios. El amor conyugal vivido en esa comunión de amor que es el matrimonio, lo es de un modo del todo particular.
Los cónyuges cristianos, en virtud del sacramento del matri­monio, por el que manifiestan y participan del misterio de la unidad y del fecundo amor entre Cristo y la Iglesia (cf. Ef. 5,32) se ayudan mutuamente a santificarse en la vida conyugal y en la procreación y educación de los hijos, y, por tanto, tienen en su condición y estado de vida su propia gracia en el pueblo de Dios. Pues de esta unión conyugal precede la familia, en que nacen los nuevos ciudadanos de la sociedad humana, que por la gracia del Espíritu Santo quedan constituidos por el bautismo en hijos de Dios para perpetuar el pueblo de Dios en el correr de los tiempos. En esta especie de iglesia domestica los padres han de ser para los hijos los primeros predicadores de la fe, tanto con su palabra como con su ejemplo, y han de fomentar la vocación propia de cada uno (LG 11).
San Pablo nos ofrece una densa teología acerca del sacramento del matrimonio en la Carta a los efesios, al hablar de los deberes de los esposos: «Guardaos mutuamente respeto en atención a Cristo. Que las mujeres respeten a sus maridos como si se tratase del Señor; pues el marido es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza y al mismo tiempo Salvador del cuerpo, que es la Iglesia. Y como la Iglesia es dócil a Cristo, así también deben serlo plenamente las mujeres a sus maridos. Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amo a su Iglesia y se entrego a si mismo por ella para consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y la palabra.
Se prepare así una Iglesia esplendorosa, sin mancha ni arruga ni cosa parecida; una Iglesia santa e inmaculada. Igualmente, los maridos deben amar a sus mujeres como a su propio cuerpo. El que ama a su mujer, a si mismo se ama; pues nadie odia a su propio cuerpo, antes bien lo alimenta y lo cuida como hace Cristo con su Iglesia, que es su cuerpo, de la cual nosotros somos miembros. Por eso dejara el hombre a su padre y a su madre para unirse a su mujer, y llegaran a ser los dos uno solo. Gran misterio es este que yo relaciono con la unión de Cristo y de la Iglesia. En resumen, que cada uno ame a su mujer como se ama a sí mismo, y que la mujer respete al marido» (Ef. 5,21-33; cf. también Col 3,18-19; 1Pe. 3,1-8).
En el texto, nos parecen relevantes algunos aspectos:
a) El discurso sobre el matrimonio se desarrolla bajo el signo de amor. Esto debe llevarnos a entender la sumisión de la que nos habla Pablo no como dependencia de esclavitud, sino como dependencia en el amor, de la que ninguno de los cónyuges se escapa.
b) La relación marido-mujer se define a partir de la relación Cristo-Iglesia, que es esencialmente una relación de amor.
c) Así, el matrimonio cristiano se sumerge en el misterio del mismo Dios, que es —en el lenguaje de Pablo— su proyecto de salvación que culmina en la encarnación, de la que es dilatación la Iglesia, en cuanto esposa de Cristo. Por eso mismo, el matrimonio no es un asunto privado, sino que entra en la dimensión de la eclesialidad (cf. FC 69) y tiene que servir para el crecimiento de la Iglesia, de la que es como un comienzo en la medida en que sabe crear relaciones de amor y de fe entre todos sus miembros. Es aquí donde se perfila la sacramentalidad del matrimonio cristia­no, como fuente y reserva de gracia para vivir y educar en el amor.
4.- La vocación de todos los cristianos

Con este subtítulo queremos referirnos a la vocación primigenia de cualquier creyente —y aun de cualquier persona— a vivir en matrimonio, partiendo del relato de la creación, que tiene —ciertamente— a sus espaldas una larga tradición. No queremos leer que unos son llamados al matrimonio y otros —por un carisma más especial— a la vida consagrada en una vocación mas concreta —sacerdocio, vida religiosa, etc.—, sino que, si algunos son llamados a una vocación de consagración especial, y esta exige la vida de virginidad y celibato, lo que se exige es una renuncia a este derecho de toda persona en función de servir a la comunidad desde el nuevo carisma.
A este respecto, hay que subrayar el relato de la creación del hombre (Gen 1,26-28) como centre de la pertenencia de Dios del mundo creado; como varón y mujer existe a imagen de Dios y con su bendición se le atribuye el dominio y el señorío sobre el mundo. Los estudios actuales han aclarado ya suficientemente que el tema de la imagen no indica un elemento o una cualidad del hombre, sino más bien un modo de ser del hombre: como ser sexuado esta llamado a ser interlocutor de Dios.
El matrimonio está al servicio del Reino y es un modo de vivir el Reino. Es una realidad valida y salvífica, que sin embargo es solo anticipo de la plenitud del Reino. En este sentido ha de entenderse como respuesta a una vocación. El matrimonio, visto como respuesta a una vocación de Dios, aparece como lugar de gracia y de salvación, precisamente por ser anticipación en el Reino.
Así como los sacramentos de la nueva ley, con los que se nutre la vida y el apostolado de los fieles prefiguran el cielo nuevo y la tierra nueva (cf. Ap. 21,1), así los laicos se hacen valiosos pregoneros de la fe y de las cosas que esperamos (cf. Heb. 11,1), si asocian, sin vacilaciones, la profesión de fe con la vida de fe. Esta evangelización, es decir, el mensaje de Cristo pregonado con el testimonio de la vida y de la palabra, adquiere una nota específica y una peculiar eficacia por el hecho de que se realiza dentro de las comunes condiciones de la vida en el mundo.
En este quehacer es de gran valor aquel estado de vida que esta santificado por un especial sacramento, es decir, la vida matrimonial y familiar. En el se da un ejercicio y una hermosa escuela para el apostolado de los laicos, cuando la religión cristiana penetra toda la institución de la vida y la transforma mas cada día. Aquí los cónyuges tienen que ser, por propia vocación, el uno para el otro y para sus hijos testigos de la fe y del amor de Cristo (LG 35).

Por tanto, solamente por la fe los esposos cristianos comprenden y viven la transformación y elevación de la realidad matrimonial en acontecimiento salvífico; en otras palabras, por la fe se comprende y se vive la realidad de la vocación al matrimonio, sellada por la Iglesia como verdadero sacra­mento. Por esto, los esposos cristianos, por una parte, realizan a través de la fe el misterio Cristo-Iglesia en su amor reciproco y en su comunidad y, por otra, cuanto más entra el amor conyugal en la realización del amor salvífico Cristo-Iglesia, mas aumenta la fe de los esposos.
Esta fecundidad de gracia es, sin embargo, llamada a superar los confines de la pareja y de la familia para alcanzar a toda la familia eclesial y en cierto sentido también a toda la familia humana. Todo sacramento confiere, junto con la gracia, una determinada misión eclesial.
El bautismo representa para todos los fieles una vocación a la santidad y a la perfección de la caridad (GS 41); esta vocación a la santidad comporta también una participación en la misión de la Iglesia. Pero la santidad de los laicos y su participación en la misión de la Iglesia tiene una tonalidad específicamente laical, una índole secular, por la que ellos viven la santidad y ejercen su testimonio profético y su oficio sacerdotal en la experiencia de lo profano de todas las realidades terrenas. Esto vale de manera particular para los esposos cristianos.
La participación de la pareja en la misión de la Iglesia (cf. FC 50.53) la coloca al servicio de la fe y del evangelio, esto es, al servicio de la salvación del mundo. Y esto con un servicio especifico, cualificado, desarrollado en la Iglesia, fundado sobre un carisma particular, ligado a un sacramento. Así, la familia se constituye como verdadero sacra­mento de la Iglesia domestica, como un verdadero ministerio al servicio de la sociedad y de la misma Iglesia. La reflexión acerca del ministerio de la pareja tiene, pues, su legitimidad; espera solo que se le tome en serio; espera que se tenga en consideración en la pastoral de conjunto de la Iglesia, que esta llamada a devolver a la familia (cf. FC 46-47) —y no solo con palabras— su papel de sujeto y no solo de objeto de la acción pastoral eclesial.





A la luz del texto:
Llamados al amor: en nuestra experiencia espiritual como esposos, pondríamos expresar en pocas palabras en que situaciones familiares nos descubrimos “llamados al amor”.
¿Descubrimos nuestro matrimonio como un llamado a vivir la experiencia del amor que nos pone en tensión de crecimiento espiritual? Expresar dos gestos o situaciones que ayuden a graficarlo.
El matrimonio queda configurado por la manifestación del consentimiento matrimonial y su posterior consumación.  ¿Se acuerdan de lo que se prometieron el día de su casamiento? En lo cotidiano ¿es un peso o es gozo?
San Pablo traza un paralelo entre la relación que existe entre Cristo y la Iglesia y el vinculo de los esposos. Nombrar tres gestos o situaciones que nos movilicen como familia a la santidad, en relación a los esposos, los hijos y el prójimo.

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