El diálogo, camino de la comunidad conyugal



El encuentro con el otro que da sentido humano a la persona tiene un cauce singular en el diálogo. Con el diálogo podemos superar el conflicto, la frustración y la indiferencia de los que estamos obligados a entendernos por una exigencia existencial: marido-mujer, padres-hijos, adultos-jóvenes.
Si esto es verdad en cualquier relación humana, mayor urgencia tiene en el desarrollo de la pareja conyugal. Superar los condicionantes y construir la pareja exige altos niveles de diálogo conyugal. Todas las dificultades se hacen insoportables con el silencio y con el aislamiento mediante las conversaciones intrascendentes y rutinarias. Todo, por el contrario, se allana ante un diálogo sincero.
El diálogo en el matrimonio debe tener su ritmo, su tiempo, su frecuencia. Hay que hablar de todo: del interior de la persona, de los trabajos, de la vida del hogar, de los hijos, de ti y de mí, de la fe y la vida religiosa. Para dialogar hay que saber escuchar, ponerse en el lugar del otro, tener paciencia, confianza, esperanza y prudencia.
La experiencia, la naturaleza misma de las personas y de la sociedad matrimonial avalan el diálogo como el más necesario y mejor modo de solucionar los conflictos entre los esposos. Incluso, cuando no se quiere o parece que no se puede dialogar, lo más conveniente es dialogar. Y cuando se tiene la impresión de que no se consigue nada, la salida, en la mayoría de los casos, es volver a dialogar.
Pero el diálogo no sólo es un recurso para la solución de conflictos, sino que es el modo normal y mejor de relacionarse en el matrimonio, el medio más agradable y eficaz para crecer como pareja y para enriquecerse personalmente. En el diálogo verdadero y personal cada esposo comunica y transmite al otro sus sueños, sus ideas, sus sentimientos, lo mejor de sí mismo, y así da lugar a que el otro se enriquezca con lo que del otro recibe. Así se va logrando la verdadera comunión de vida y amor entre los dos.
La experiencia nos dice que si una pareja no se comunica, acabará desintegrándose. Se llegará a situaciones de ruptura. ¿Porqué? Porque cada persona siente en su interior la necesidad de ser comprendida y aceptada como es, y si no hay comunicación, esto es imposible. Nunca podrán conocerse si no se comunican.
Si logramos poner en marcha un diálogo profundo y sincero, la cercanía está asegurada. El amor compartido superará las dificultades y hará más sólida y seria nuestra comunicación. Esta es imprescindible para unir, unificar y armonizar diferencias o criterios dispares; para elegir y componer “juntos” nuestro proyecto de un compromiso permanente y una renovación continua.
Sin diálogo no hay matrimonio ni familia. Se convierte ésta en una “suma de soledades”. Con la comunicación no se pierde el tiempo, ¡se gana!; damos al otro algo que no posee o que ignora y recibimos nosotros mismos aquello que no tenemos y que necesitamos y nos enriquece.
Pero no toda comunicación entre personas o en la pareja es saludable y enriquecedora, ni toda conversación es diálogo verdadero. El amor, se ha dicho, es un arte y hay que adiestrarse pará poder expresado; el diálogo también es un arte, porque, el medio mejor para alcanzar y expresar un amor verdadero es, sin duda alguna, un diálogo verdadero.

1. Formas de comunicación
El camino del encuentro con los demás es la comunicación y el diálogo. La comunicación es, así mismo, el camino del amor .
La comunicación quiere decir poner en común. Tiene muchas formas de expresión: gestos, silencios, miradas, caricias, diálogo, etc. Hay dos formas que destacan especialmente en la vida matrimonial: el diálogo y la sexualidad.

1.1. El diálogo
Entendemos por diálogo una forma de comunicación entre dos o más personas que alternativamente manifiestan sus ideas, sentimientos y decisiones, - su manera de sentir, de pensar y de ser -, transmitidos a través de la palabra y la escucha.
En toda relación de diálogo se dan tres elementos indispensables: la persona que comunica, la que recibe la comunicación y aquello que se comunica. Un diálogo se considera válido cuando lo que transmite el que habla es captado exactamente por el que escucha.
Es fácil comprender que en el ejercicio del diálogo se producen muchas veces, lo que los especialistas llaman “interferencias”, es decir, circunstancias o fenómenos que impiden o dificultan el buen entendimiento entre los interlocutores, porque lo que uno quiere expresar no es exactamente lo que el otro logra entender.
Dicho de otra manera, para un verdadero y provechoso diálogo se requiere, no sólo querer y tener algo que decir, sino además, saber comunicar y saber escuchar.
Al margen de estas observaciones técnicas, no podemos olvidar que el diálogo, como el habla, es una facultad específicamente humana, propia de los seres que tienen alma, espíritu, interioridad, propia de las personas humanas que tienen dentro de sí algo qué decir y pueden decirse a sí mismas. Esto quiere decir, entre otras cosas, que cuanto más riqueza interior y madurez tiene una persona, mejor capacitada está para un verdadero diálogo.
Unos novios, para quererse y ayudarse mutuamente, se tienen que comprender y conocer perfectamente, y la forma de conseguirlo es la comunicación y la confianza. La comunicación entre vosotros, os llevará a conoceros, a aceptaros, en una palabra... a quereros.
En el matrimonio hay que transmitir al otro todo lo que sientes, lo que piensas, lo que te motiva. El diálogo es la forma más humana de comunicación: “hablando se entiende la gente”.
Pablo VI dedicó en su Encíclica Ecclesiam suam (1964) unas páginas al diálogo que han venido influyendo desde entonces. Señaló el Papa los cuatro caracteres del diálogo cuya enumeración se ha hecho habitual: claridad, afabilidad, confianza y prudencia. E indicó sus frutos: la unión de la verdad con la caridad, de la inteligencia con el amor .

Diversos niveles de diálogo
Hay diversos niveles de diálogo. Podríamos simplificar afirmando que hay diálogos superficiales, cuando nos comunicamos sobre cuestiones secundarias (el fútbol, el tiempo ... ); pero también tenemos experiencia de una comunicación a nivel profundo, cuando hablamos de nuestra verdadera personalidad, nuestra intimidad, sentimientos auténticos. Existen al menos estos niveles, cuya descripción nos puede ayudar:
- Diálogo funcional: En este nivel no ponemos nada de nosotros mismos; comunicamos algo por razón de utilidad.
- Diálogo informativo o de conocimientos: solemos expresar ideas, juicios, opiniones sobre acontecimientos o temas. . . pero en él “nuestras defensas” están muy preparadas y, por supuesto, no nos implicamos personalmente, incluso, hablamos así, para no revelarnos nosotros, para no dejamos cuestionar. Decimos cosas, pero no nos decimos nosotros.
- Diálogo vivencial. Nos situamos en un plano en el que el miedo a ser conocidos y damos a conocer influye menos. Hablamos de nuestros proyectos, ilusiones, dificultades... Pero no revelamos sentimientos ni intimidad alguna.
- Diálogo personal. Decimos personal, porque en él se revela y se implica, sobre todo, la persona. Podemos distinguir dos niveles dentro de este nivel:

* Nivel de sentimientos: Evitamos la racionalización y expresamos con libertad nuestros sentimientos. Sentimientos de felicidad, tristeza, enfado, miedo. Hablamos de cómo me encuentro, de mi frustración, y de mi angustia, de mi alegría, del pánico, de mi vergüenza, de la impresión maravillosa que sentí en un determinado momento. . .
Merece la pena detenemos un poco en este punto de los sentimientos. En muchos caso no damos suficiente importancia a los sentimientos. Las relaciones humanas, se mueven por intereses y por ideas, pero tanto o más que por estos motivos, se mueven por los sentimientos, especialmente en el matrimonio.
Las actividades y los acontecimientos del mundo crean en el interior de las personas “otro mundo” que influye con mucha fuerza en su conducta, es el mundo de los sentimientos. Los sentimientos surgen espontáneos, como el rubor en la piel. En sí mismos no son ni buenos ni malos, pero pueden dar lugar a que nuestro comportamiento sea mejor o peor. Desconocer el lenguaje de los sentimientos es como vivir una “miopía”, que puede degenerar en ceguera total, respecto al estado de mi relación en el matrimonio o con otras personas. La tensión de los sentimientos “prisioneros”, no reconocidos y no aceptados, puede provocar malentendidos, tensiones, agresividades sin motivo aparente.
Los sentimientos positivos, si se comunican oportunamente, se afianzan y crecen, los negativos, por el contrario, se amortiguan y desaparecen. Por eso, expresar los sentimientos, ser capaces de ponerles nombre propio contribuye de manera decisiva a elevar el nivel de la comunicación en el matrimonio, y en toda relación personal.

* Nivel confidencial. Otro nivel de aún más profundidad podemos reconocer en este diálogo personal profundo, podemos llamarlo “nivel confidencial”. Es en este nivel de comunicación donde se acoge el ser de cada uno; el esposo y la esposa se comunican y escuchan mutuamente, revelándose y entregándose en plena confianza, a través el diálogo. En este nivel y en esta calidad de diálogo es donde se ejerce y se experimenta la gratuidad; donde transmitimos y percibimos que somos queridos, valorados e importantes por lo que somos y no por lo que tenemos. Es la esencia de la amistad.
En el matrimonio este último nivel de diálogo es totalmente imprescindible y es preciso saber llegar a él. Es en esa comunicación verdadera y profunda, donde puede darse la inmediatez, la expresividad y el riesgo de una comunión plena y envolvente de las dos personas. Es ahí donde cabe el máximo de plenitud y felicidad humana y donde se puede sentir la cercanía de Dios.

Clases de diálogo
Entendiendo el diálogo como una forma de comunicación, podemos distinguir tres clases de diálogo: “verbal”, “no verbal” y “escrito”.
Normalmente entendemos por diálogo el diálogo verbal, de apalabras. Cuanto venimos diciendo en esta exposición, se verifica perfectamente en esta modalidad de diálogo.
Digamos algo, muy brevemente del diálogo no verbal. Nos referimos a toda la fuerza expresiva y comunicadora que tienen, por ejemplo, la mirada, la sonrisa, el rostro, los movimientos de las manos, el tono de voz. En ocasiones con estos gestos y movimientos podemos llegar a decir más y de modo más penetrante que con la palabra. En otras ocasiones el lenguaje no verbal abre las puertas y prepara el terreno para el diálogo hablado. Todo esto nos lleva a ser cuidadosos ya saber controlar este modo de comunicamos.
También la comunicación escrita da resultados óptimos cuando el diálogo verbal se hace difícil y poco menos que imposible. Puede tener su respuesta en otro mensaje escrito y puede crear una disposición inmejorable para el diálogo verbal.

1.2. El lenguaje de la sexualidad
La sexualidad puede definirse como un lenguaje del amor humano . La sexualidad es un lenguaje corporal, a través del cual descubro al otro como único, como persona, igual a mí, diferente y a la vez complementario, en cuanto a que es varón para la mujer, y viceversa -recíproco-. Le descubro capaz de entregarse a mí y de acogerme; en su diferencia que me atrae y a la vez me pide que le acoja. Es el diálogo de los cuerpos, el diálogo “hecho cuerpo”. Es, a su vez, el lenguaje del amor y para el amor.
Nos comunicamos a través del cuerpo, de nuestros gestos y palabras. Y la única forma de comunicar el amor es a través de éstos. La sexualidad es también una forma de comunicar el amor, no de comprobar que existe, sino de demostrarlo. La comunicación puede ser verdadera,.o no serlo. La comunicación es verdadera cuando es expresión de algo que existe.
Las expresiones sexuales son actos de comunicación, y si queremos que sean sinceros y verdaderos, deben ser expresión de algo que ya se encuentre en la relación afectiva entre los dos: que sean un signo de la unión común que ya existe. Son actos en los que nos expresamos a nosotros mismos; y que expresan la intimidad de cada uno, la intimidad que se abre, y el grado de intimidad que se comparte y se entrega. La sexualidad tiene que ser en el matrimonio una de las formas más plenas de comunicación. Los esposos se comunican a través de su cuerpo porque la unión sexual ha de ser un lenguaje de amor conyugal. La culminación de un diálogo afectivo, lleno de ternuras, gestos... y no lo que desgraciadamente suele ser en muchos matrimonios: una unión física sin más.

2. Obstáculos para el diálogo.
El diálogo y la comunicación no son fáciles. Abrirse, darse, acoger al otro y escucharle, cuesta y requiere esfuerzo y perseverancia.
Saber las dificultades que nos podemos encontrar, nos pueden ayudar a superarlas. Pueden ser de muchas clases. Estas son las que creemos más importantes:
Temperamento. Por carácter, solemos decir, algunas personas son cerradas. En realidad todos experimentamos cierta resistencia a darnos a conocer y a compartir nuestras intimidades. Esta tendencia puede corregirse.
El tipo de educación. Desde la adolescencia, por distintos motivos, nos hemos podido acostumbrar a guardar nuestros secretos, desconfiando excesivamente. Se está desentrenado o desengañado para la comunicación.
Las diferencias entre hombre y mujer. Se trata de dos psicologías distintas. El diálogo entre hombre y mujer exige conocer esto y saber responder cada uno a las verdaderas necesidades y posibilidades del otro. Normalmente la mujer siente más necesidad de comunicación que el hombre.
La rutina. Es una de las principales dificultades cuando se llevan años de casados. Se supone que a vosotros nos os ha dado tiempo de caer en la rutina. Algunos esposos piensan que ya lo han dicho todo, que ya se conocen. Esto no es así. Siempre se presentan situaciones nuevas ante las cuales hay que reaccionar según las necesidades del momento.
El ritmo de vida. Vivimos tan aturdidos que en los momentos propicios para la comunicación preferimos la evasión.
Miedo a tener que cambiar. Tememos ser transformados por las razones del otro. Nos sentimos a gusto con nuestros criterios y estamos a la “defensiva” mientras el otro habla, preparando la respuesta en lugar de estar escuchando lo que nos quiere decir. Es lo que popularmente se llama un “diálogo de besugos”.
Los prejuicios. Solemos tener ya una imagen definida y subjetiva de cómo es el otro y nos cuesta aceptar que, a veces, esa imagen que nos habíamos hecho de antemano estaba equivocada. Al revés, esperamos continuamente que sus comportamientos vengan a confirmar la idea preconcebida que tenemos de él.
Falta de confianza en nosotros mismos. No abrimos nuestra interioridad por temor a ser heridos por falta de confianza en nosotros mismos, a ser incomprendidos o desenmascarados.
Intromisión de terceras personas. El matrimonio debe estar abierto a relaciones y amistades, pero debe salvaguardar su intimidad.
Falta de sencillez y sinceridad. Por carácter o por deformación se puede estar habituado a una falta total de comunicación interior o a mostrar una imagen falsa de nosotros mismos.
Desconocimiento de la eficacia del diálogo. Este es un factor muy habitual, que es superable mediante la formación y la experiencia.

3. “Dialogar es un arte”: saber hablar, saber escuchar, el “silencio elocuente”
La confianza hay que ganársela. No es algo que tengamos o no, hay que conseguírsela, y una vez conseguida, no perderla. No hay que esperar que sea el otro el que empiece, sino empezar yo, con la certeza de que mi pareja me seguirá al ver mi disponibilidad y sinceridad.
Hay que saber aceptar que para conseguir una comunicación a nivel profundo, el ritmo será lento y progresivo hasta que dé sus frutos.
Si tenemos algún problema, (que surgirán), hay que estar dispuestos siempre a recomenzar, en continua reconciliación con el otro.
Aprenderemos a valorar cada meta conseguida como fruto del esfuerzo de los dos, y gozar estos momentos de comunicación íntima, si “sabemos hablar”, “sabemos escuchar” y descubrimos la riqueza del “silencio elocuente”.

Saber hablar
Hablar de manera que establezcamos un verdadero diálogo requiere cuidado y atención a lo que decimos, a aquel a quien se lo decimos y, también, a nosotros mismos. Esto último es, quizás, lo que menos tenemos en cuenta, sin embargo es fundamental.
El diálogo requiere desprendimiento de uno mismo, olvido de sí, para poner toda la atención y todo el empeño en hacer feliz al otro y en el objetivo último de todo matrimonio, el logro de la comunión de vida y amor.
No es lo más conveniente provocar un diálogo para demostrar que tengo razón o para desahogar mi rabia o mi euforia, todo lo contrario. La comunión profunda se basa en descubrir al tú y al yo, y para eso, desprendemos de nosotros mismos para entregar lo mejor que somos y tenemos, situarnos en el otro para dar lugar a que surja, más unido y enriquecido, el nosotros.
Esto requiere conocimiento de uno mismo. Sabemos lo que somos, ignoramos lo que podemos ser. Conviene estar siempre en disposición de conocemos mejor. Así mejoraremos continuamente nuestra relación en el matrimonio. De Sócrates hemos recibido la máxima clásica "Conócete a ti mismo" y San Agustín decía también "Conócete, acéptate, supérate". Jesucristo fue más concreto y realista: "Saca primero la viga de tu ojo y después podrás ver para sacar la mota del ojo de tu hermano" .
Ser conscientes de nuestro temperamento, de nuestras aficiones, impaciencias, caprichos y manías; de los campos en los que de verdad somos hábiles y expertos, pero también de aquellos otros de los que no sabemos nada y en los que necesitamos consejo y ayuda. Este conocernos y saber de nosotros mismos, es el mejor presupuesto para saber dialogar.
Y por supuesto, el amor, es el mejor consejero. Si cuando hablamos demostramos siempre y de verdad amor, lograremos hacemos entender y hacer feliz al esposo/a que nos escucha. En el diálogo es preciso cuidar el tono de voz, el momento oportuno, prestar atención a las disposiciones del que nos escucha... Todos estos detalles y muchos más sabremos tener en cuenta si hablamos desde el amor y demostrando amor.
El amor va a darnos sin duda la habilidad para crear el ambiente y las disposiciones más convenientes a fin de que nuestras palabras, nuestros gestos - la comunicación no verbal - pueda ser comprendida, aceptada y beneficiosa.
El amor en el diálogo nos va a permitir ser humildes sin complejos, y saber renunciar, cuando conviene, sin hacer problema de la libertad y de la personalidad.

Saber escuchar
Para todo esto es necesario un auténtico adiestramiento para “saber escuchar”. Lo que hemos indicado anteriormente puede completarse con las siguientes reflexiones.
“El que sólo habla, no dialoga, el que sólo escucha, tampoco”. Saber hablar y saber escuchar es un arte. Un refrán dice "La escucha aumenta con el tiempo, la sordera también". A escuchar se aprende escuchando. Merece la pena ejercitarse en el arte de escuchar. Por el respeto que se merece la otra persona, por el amor que le tenemos, por el provecho que sacamos. Nosotros mismos, en la manera de escuchar, nos estamos revelando al otro y a nosotros mismos cómo somos y estamos demostrando cuanto lo amamos y lo estimamos. En el saber escuchar, como en el saber hablar, está el secreto de una buena comunicación entre los esposos y la garantía de armoniosa y satisfactoria vida conyugal y familiar.
El fundador de la Escuela Filosófica Estóica, Zenón de Citio, nos dejó una máxima llena de humor y de sabiduría: "Si tenemos dos orejas y una boca es justamente para escuchar más y hablar menos". No escuchar es cerrarse en sí mismo, creyendo quizás que tenemos el monopolio de la razón y que nuestras razones tienen patente de verdad absoluta. Esta actitud nos lleva a pensar que no tenemos nada que aprender y nada que cambiar. El diálogo verdadero requiere una escucha activa y comprensiva, que es atención completa de cuerpo y alma, para percibir con exactitud y ahondar responsablemente en el mensaje que se nos comunica e impedir que éste quede alterado o bloqueado.

El silencio elocuente
En la experiencia humana, muy especialmente, en la experiencia matrimonial, cabe un "silencio elocuente" sumamente fecundo, provechoso y que colma de felicidad al matrimonio. Es un silencio que exige transparencia y limpieza de corazón, apertura y disponibilidad plena para acoger al otro y en el mismo acoger darse sin condiciones. Es un silencio lleno de amor, que nos sobreviene cuando las palabras se quedan cortas y pequeñas para expresar todo lo que sentimos y lo que queremos percibir y comunicar.
Los místicos creyentes nos han hablado de este "silencio elocuente" en sus relaciones con Dios. El diálogo en el matrimonio, si se cultiva con cuidado y esfuerzo, puede llegar a estas o parecidas cumbres de plenitud y felicidad. Dios, al comprometerse con los novios en el sacramento del matrimonio, ofrece la ayuda y hace posible vivir estas experiencias indecibles en la relación matrimonial. Sólo se requiere tener fe: fe en Dios y en el matrimonio, y los esposos, en sí mismos. Si un matrimonio cristiano practica la oración conyugal, le ayudará enormemente a salvar muchas dificultades.

4. De qué hablamos
Recordemos el refrán: "De lo que rebosa el corazón habla la boca". Es muy conveniente dialogar, en primer lugar, de lo que más intensamente se vive en el momento o de aquello que nos ha causado mayor dificultad y preocupación.
* La afectividad. Somos únicos e irrepetibles, el otro no puede ver mi mundo interior, sólo atisbarlo; llevamos dentro un sentimiento de soledad inherente: hemos de aprender a dialogar de todo eso: los afectos, los estados de ánimo, las reacciones ante los acontecimientos, el gozo y el sufrimiento, los miedos, las sospechas...
* La sexualidad. El diálogo natural y abierto sobre el sexo, como expresión del amor matrimonial, dará más confianza y libertad a la comunicación que cualquier otra área; es el gran termómetro de la relación matrimonial.
Conviene dialogar para armonizar gustos y sueños, despejar prejuicios y evitar imposiciones; todo en un clima de respeto, amor y delicadeza. El abandono del diálogo en esta área puede producir falta de aceptación, frigidez, celos, rechazo, infidelidad y hasta la separación.
* Los hijos. Compartir el tema de la paternidad responsable desde los sueños, aspiraciones y necesidades del propio matrimonio y de la familia, sin orillar la dimensión ética y religiosa.
Es primordial para el buen funcionamiento del matrimonio intentar, mediante el diálogo, acuerdo y coincidencia sobre el modo de educar a los hijos. Muchos desacuerdos en la pareja tienen su origen en desautorizaciones y desacuerdos que se han hecho evidentes a la hora de orientar y educar a los hijos.
* El círculo familiar. Y, más concretamente, las dificultades para aceptar a la familia política piden un diálogo difícilmente sereno y objetivo, pero sumamente conveniente para la armonía y la mutua aceptación de los esposos entre sí.
* El trabajo. Éste y la profesión desempeñan una función muy importante en nuestro equilibrio personal, afectan a nuestra autoestima y al modo de sentimos y de situamos en el mundo y en la sociedad. Conviene, por eso, dialogar sobre este importante tema. Al compartirlo descansamos y nos liberamos de la posible tensión acumulada y, al mismo tiempo, al darle noticia de nuestras actividades y preocupaciones laborales, damos lugar a que nuestro esposo/a se pueda situar mejor en nuestro mundo y en nosotros mismos.
* La economía. Se habla de ella como de una cuestión enojosa o que no debe afectar al amor, pero es básica e interesa muy vivamente a todos. La economía repercute en dos tendencias muy fuertes del corazón humano: la ambición y el poder; tiene mucho que ver también con la autonomía y la libertad.
Muchas parejas no se hunden por falta de dinero, sino por falta de comunicación sobre su uso. Es muy cómodo desentenderse, dejar los devaneos de cabeza y los posibles desatinos para el otro. En el caso de una situación económica adversa, el matrimonio debe procurar compartir preocupaciones, estados de ánimo y pareceres, para lograr permanecer más unidos que nunca y salir del apuro. El diálogo continuo y comprensivo puede ser el mejor recurso para este intento.
* La fe. No debe producir ni miedo ni rubor poner boca arriba las cartas de la fe, los ideales, las convicciones religiosas. La buena marcha del matrimonio se mide por la proporción de parcelas de la vida que se ponen en común. Se comparte casi todo y se tiende a compartir cada vez más de la propia vida de cada uno. Sucede, sin embargo, que la dimensión más íntima y decisiva de la vida, la relación con Dios, en la que cuenta tanto la relación con el otro cónyuge, se suele llevar en secreto y en solitario.
El respeto y la tolerancia a las convicciones religiosas de cada uno, no supone necesariamente, que esta vivencia la tengamos que llevar individualmente. Se puede dialogar el tema religioso, incluso llegar al acuerdo de ayudarse mutuamente a crecer y a avanzar juntos en un mismo camino de fe, supone un grado de confianza y de compenetración que llena de gozo y de felicidad a la pareja.
La Buena Noticia, el evangelio de Jesús, ha de ser la que armonice y transforme nuestra comunicación matrimonial y familiar en un amor como el de Cristo, y nos abra a otras familias, a la Iglesia y a la sociedad. Una breve y frecuente lectura del evangelio, por ejemplo, con algún pequeño comentario, puede llegar a crear las mejores disposiciones para dialogar en pareja y montar cualquier problema que puede surgir.
Pedir perdón y perdonar, ser pacientes y dar sin exigir recompensa, éstas y otras virtudes se generan mucho más fácilmente en una vida de fe vivida y compartida, y, además, crean el clima más adecuado para una educación de los hijos sólida en valores humanos y cristianos.


5. Conclusión
“La conversación es el placer de los dioses”, decían los clásicos paganos. Para nosotros, Dios es comunión íntima de vida y amor infinitos. El matrimonio ha sido creado a “imagen y semejanza de Dios”. Por eso la felicidad del matrimonio está en lograr día a día una mayor y mejor comunión de vida y amor; y no encontramos mejor medio para lograr esta “comunión de vida y amor” que la comunicación y el diálogo verdadero, abierto y profundo.
Antes quizá había muchos matrimonios por circunstancias, porque la misma sociedad casi obligaba a casarse y a casarse por la Iglesia. Hoy, la cosa es muy distinta. Nadie debe sentirse obligado a casarse. Pero, si se elige compartir toda la vida con alguien y caminar su camino junto a otra persona, si ambos van a tener las mismas metas, es impensable que no dialoguen entre sí, que no se comuniquen hasta el punto de entenderse y conocer a otro tan bien como a sí mismo.
El diálogo no sólo es un medio, sino también un fin en sí mismo. Porque no solamente ayuda a conservar el amor, sino que es una manera de amar. Porque es un supremo arte de dar y acoger, de darnos a nosotros mismos y de acoger al otro. Y esto, es el amor.
Pablo VI nos decía estas bellas palabras: “El amor conyugal es un acto de voluntad libre destinado a mantenerse y crecer mediante, las alegrías y dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y una sola alma” . Este programa tiene un camino y una realización: el diálogo.



1 ¿Cuáles son las formas de expresión (gesto, caricias, silencios, sexualidad, diálogo, etc.), con las que más frecuentemente nos comunicamos? ¿Por qué?
1. Si el diálogo en el matrimonio es tan importante, conviene ir practicando. ¿De qué habláis vosotros? ¿De qué no habéis hablado nunca? ¿Sabéis ya dialogar?
2. ¿Se caracteriza nuestra comunicación por la actitud sincera de querer captar de veras lo que el otro nos quiere decir?
3. ¿Qué dificultades están impidiendo un diálogo detenido y amoroso entre nosotros?
4. ¿Tenemos la impresión o la seguridad de que nos ocultamos mutuamente algunas cosas? ¿Por qué motivos llegamos a hacerlo?
5. ¿Qué podemos hacer para superar los fallos descubiertos?.