El documento elaborado por el Episcopado Latinoamericano, luego del encuentro que tuvo lugar en el Santuario de Nuestra Señora de Aparecida (Brasil), fue el resultado de diversas disquisiciones e intercambios entre los diferentes representantes de las realidades de la Iglesia en Latinoamérica. Allí se volcó lo que se vive en las respectivas instituciones, parroquias y comunidades.
El documento contiene sustanciosas reflexiones tanto éticas como pastorales respecto del tema de la educación, que tiene un lugar importante en el texto, no sólo en los números específicamente referidos a la educación católica (331ss), sino también en todo el capítulo 6 (“El Itinerario Formativo de los Discípulos Misioneros”), así como en el capítulo 10 (“Nuestro Pueblos y la Cultura”).
Ahora bien, el documento nos habla de la educación en un particular contexto histórico, económico, social y cultural: el de nuestros pueblos latinoamericanos. Vamos a reflexionar en primer lugar cómo es esta realidad (VER), luego profundizaremos sobre los valores que nos propone Aparecida, en especial la justicia y la solidaridad (JUZGAR) y finalmente trazaremos algunas propuestas concretas (ACTUAR).
I. VER
• Una realidad que se aleja de la justicia
Como sabemos, a la nueva realidad de una gran cantidad de personas en América Latina, se la denomina con el nombre de exclusión social. Esto significa que viven en condiciones de salud, alimentación, vivienda, trabajo, vestido, educación, etc., tan denigrantes que no pueden acceder a condiciones mínimas de dignidad humana.
Es un sector que no puede intervenir en el mercado económico y laboral y que prácticamente no está representado por nadie en la vida política y social de su país. Esta es la razón por la que los sociólogos llaman a este grupo excluidos, porque están excluidos de la vida social. Aparecida lo señala claramente:
“Ya no se trata simplemente del fenómeno de la explotación y opresión, sino de algo nuevo: la exclusión social. Con ella queda afectada en su misma raíz la pertenencia a la sociedad en la que se vive, pues ya no se está abajo, en la periferia o sin poder, sino que se está afuera. Los excluidos no son solamente ‘explotados’ sino ‘sobrantes’ y ‘desechables’.” (DA 65). Millones de Latinoamericanos no pueden llevar una vida digna (DA 391), “abandonados, excluidos e ignorados en su miseria y dolor” (DA 358).
Uno de los grupos más afectados son los chicos hasta 5 años: aquí el nivel de pobreza es mayor que en la media. Otro ángulo de esta misma realidad, nos la da el índice de desempleo y en la población de 25 a 64 años, además del desempleo, está el problema de los bajos ingresos de los trabajadores pobres, derivadas de los bajos salarios que están asociados a la falta de capacitación y a los períodos de entrada y salida del mercado laboral. En algunos países, la mitad de los trabajadores pobres se desempeñan en el sector informal y no tienen cobertura social.
En América Latina hay millones de personas menores de 25 años que no trabajan, ni estudian, ni buscan trabajo. Ellos constituyen un núcleo duro de marginalidad que muchas veces deriva en una situación de inseguridad a nivel general.
Estos datos, más lo que vemos todos los días en la calle, los cartoneros y las personas que revuelven la basura, no pueden sino interpelarnos: ¿por qué hay personas que se encuentran en esta situación? ¿Por qué hay tantas personas que viven así? ¿Qué debemos hacer por ellos? ¿Qué podemos hacer por ellos?
No hace falta ser cristiano, ni de ninguna otra religión para hacerse estas preguntas. Se las hace cualquier persona con un mínimo de sensibilidad y buena conciencia.
Por otra parte, vivimos inmersos en una cultura carente de algunos valores importantes: el aprecio a la vida, el respeto por el prójimo, el cuidado de las generaciones jóvenes, la prioridad del bien común, etc. Incluso, aunque se declamen algunos valores, en la práctica no se ejercitan.
Esta incoherencia social, afecta también a la educación, porque las incongruencias van en contra de la solidez de los contenidos educativos y, particularmente los niños y jóvenes, perciben que lo que se declama no se realiza.
II. JUZGAR
• Un nuevo tiempo: el tiempo de la solidaridad
Los signos de los que hablábamos nos interpelan, nos invitan a una respuesta; pero más que a “decir algo”, nos invitan a “hacer algo”. En estos años seguramente nos lo hemos preguntado, pero ¿qué hacer?, ¿cómo hacerlo?
Nuestro compromiso social y misionero en América Latina no puede desconocer, dejar de lado o minimizar la situación de exclusión, inequidad e injusticia que viven nuestros pueblos. La opción preferencial por los pobres es recogida y confirmada en Aparecida, siendo uno de los signos más claros de su continuidad con Medellín y Puebla, y de su actualización a las nuevas circunstancias latinoamericanas. Así se expresa el texto:
“Hoy queremos ratificar y potenciar la opción del amor preferencial por los pobres hecha en las conferencias anteriores” (DA 396). Este “es uno de los rasgos que marca la fisonomía latinoamericana y caribeña” (DA 391). Incluso, dicha opción se amplía o especifica con la categoría “excluidos”: “Opción preferencial por los pobres y excluidos” (DA 391-398).
El discurso inaugural del Papa, ha marcado esa línea de continuidad y el documento ha querido fundamentar y motivar esta opción en la misma fe cristiana, para mostrar claramente que no es algo marginal sino que “está implícita en la fe cristológica, en aquel Dios que se ha hecho pobre por nosotros para enriquecernos con su pobreza” (DA 392). La opción por los pobres no es una estrategia pastoral de la Iglesia sino que “nace de nuestra fe en Jesucristo, el Dios hecho hombre, que se ha hecho nuestro hermano” (DA 392).
Contemplamos “en los rostros sufrientes de nuestros hermanos, el rostro de Cristo que nos llama a servirlo en ellos” (DA 393) y “en el rostro de Jesucristo…, en ese rostro doliente y glorioso, podemos ver, con la mirada de la fe, el rostro humillado de tantos hombres y mujeres de nuestros pueblos” (DA 32). “Todo lo que tenga que ver con Cristo, tiene que ver con los pobres y todo lo relacionado con los pobres reclama a Jesucristo” (DA 393).
Dicha opción, nacida de la fe, “Interpela el núcleo del obrar de la Iglesia, de la pastoral y de nuestras actitudes cristianas” (DA 393), “atraviesa todas nuestras estructuras y prioridades pastorales” (DA 396). Esta opción preferencial por los pobres implica acciones concretas y no debe quedarse “en un plano teórico o meramente emotivo” (DA 397).
Aparecida va más allá, señala un camino de relación personal y personalizada con los pobres, llega incluso a hablar de amistad con los pobres:
“Se nos pide dedicar tiempo a los pobres, prestarles una amable atención, escucharlos con interés (…), compartir horas, semanas o años de nuestra vida” (DA 397). “Sólo la cercanía que nos hace amigos nos permite apreciar profundamente los valores de los pobres hoy, sus legítimos anhelos y su modo propio de vivir la fe. La opción por los pobres debe conducirnos a la amistad con los pobres” (DA 398).
Dicha amistad con los pobres, como toda amistad verdadera, no debe quedar en términos retóricos. Cuando un amigo tiene un problema, prestamos el oído y tratamos de hacernos cercanos en el afecto, pero vamos más allá, e intentamos efectivas soluciones al problema, así lo marca el documento: las obras de misericordia han de ir “acompañadas por la búsqueda de una verdadera justicia social, que vaya elevando el nivel de vida de los ciudadanos, promoviéndolos como sujetos de su propio desarrollo” (DA 385).
Ahora bien, una sociedad justa sólo es posible con unas “estructuras que consoliden un orden social, económico y político en el que no haya inequidad y donde haya posibilidades para todos” (DA 384). Lo que más necesitan los pobres es que esta amistad humana y evangélica se traduzca en gestos efectivos de amistad social.
Aparecida impulsa entonces las iniciativas de una adecuada Pastoral Social: “Las Conferencias Episcopales y las Iglesias locales tienen la misión de promover renovados esfuerzos para fortalecer una Pastoral Social estructurada, orgánica e integral” (DA 401).
La clave de integración resulta fundamental, se trata de una mirada sobre la realidad que contemple a la persona en todas sus dimensiones, a todos los aspectos de la problemática social y a todos los actores de la promoción. La idea apunta no sólo a una adecuada pastoral de conjunto, sino a una acción de equipos interdisciplinares en el trabajo social.
• Educación para el tiempo de la solidaridad
Como podemos darnos cuenta, en este contexto, la educación juega un papel principal. Aparecida lo dice con claridad:
“La Escuela católica está llamada a una profunda renovación. Debemos rescatar la identidad católica de nuestros centros educativos por medio de un impulso misionero valiente y audaz, de modo que llegue a ser una opción profética plasmada en una pastoral de la educación participativa. Dichos proyectos deben promover la formación integral de la persona teniendo su fundamento en Cristo, con identidad eclesial y cultural, y con excelencia académica. Además, han de generar solidaridad y caridad con los más pobres.” (DA 337)
Se pueden (y se deben) implementar políticas públicas para paliar esta situación de exclusión. Es necesario que la sociedad civil y las empresas privadas intervengan, ayuden, se comprometan. Pero me animo a decir, que la acción que a largo plazo más puede ayudar a revertir esta situación, es la educación. Lo hará en la medida en que alcance a los sectores excluidos, pero también cuando la educación impregne de valores a toda la sociedad, que de ese modo se capacitará para no permitir que se generen estos procesos que expulsan y desechan personas del sistema.
Hoy la educación más que nunca debe orientarse a la justicia y la solidaridad. Esta orientación debe ser un contenido transversal de todos los niveles educativos (universitario incluido). Aparecida pide que las universidades:
“… sean capaces de compromiso solidario con la dignidad humana y solidario con la comunidad, y de mostrar proféticamente la novedad que representa el cristianismo en la vida de las sociedades latinoamericanas y caribeñas” (DA 342)
El texto nos recuerda y actualiza el pensamiento de Pablo VI en Evangelii Nuntiandi cuando dice que:
“La misión primaria de la Iglesia es anunciar el Evangelio de manera tal que garantice la relación entre fe y vida tanto en la persona individual como en el contexto socio-cultural en que las personas viven, actúan y se relacionan entre sí. Así procura transformar mediante la fuerza del Evangelio los criterios de juicio, los valores determinantes, los puntos de interés, las líneas de pensamiento, las fuentes inspiradoras y los modelos de vida de la humanidad que están en contraste con la Palabra de Dios y el designio de salvación”. (DA 331)
Resulta claro entonces, el hecho de que frente a un modelo de sociedad que propicia una educación para el éxito, valor propio del liberalismo; nosotros proponemos una educación para la justicia y la solidaridad, propias del evangelio.
Quisiera detenerme en la articulación entre lo social y lo educativo. Aquí la cooperación y la unión de voluntades es importante, ya que todos sabemos de qué manera, quienes no tengan educación en el presente, carecerán de posibilidades en el porvenir. Las tasas de cobertura en escolaridad secundaria para los chicos pobres en América Latina son muy bajas y también presentan deficiencias en cuanto a la calidad. La tasa de deserción escolar entre los jóvenes pobres es elevada y se conjuga con una alta tasa de desempleados. Miles de jóvenes no asisten a la escuela y tampoco trabajan.
Se nos hace evidente el hecho de que es el tiempo de invertir en la formación y en la capacitación de los pobres, ésta será la única manera de reducir las brechas sociales que hoy parecen insalvables. Este es el mejor aporte que podemos hacer a favor de nuestros hermanos menos favorecidos, aporte que se inscribe en el orden de la promoción social.
Seguramente, cualquier padre o madre de familia, frente a la realidad que vivimos, se plantea como la mejor herencia el hecho de dejarles a sus hijos una buena formación. Si bien una buena formación es mucho más que un buen colegio, muchas familias hacen un esfuerzo por mandar a sus hijos a una escuela mejor o por ofrecerles una herramienta más en orden a su capacitación. Creo que si extendemos el concepto al orden social, el esfuerzo educativo es el mejor aporte para las generaciones futuras.
El punto clave, la solidaridad: este es el verdadero eje del proceso que venimos describiendo. El contacto y el trabajo junto a aquellos que son más pobres que nosotros, nos llevará a descubrir que hay en ellos grandes valores humanos y sobrenaturales. Los que tienen la experiencia saben que encontramos más de lo que pensamos en tantos hermanos nuestros que aunque carecen de lo necesario para la subsistencia, son ricos en vida, en sabiduría, en dolor. Esto no es canonizar a los pobres sino ir a su encuentro como sacramentos de Cristo y dejar que nos evangelicen. Una mirada más sensible (y, ¿por qué no?, más evangélica), impedirá que tengamos un sentimiento que lamentablemente es muy común en aquellos que dan algo a otro: el de sentirnos superiores. Esta visión más aguda, nos conducirá a descubrir, incluso, que en esta inquietud efectiva por el otro, es mucho más lo que recibimos que lo que eventualmente podemos dar. Cuando esto ocurre, significa que hemos entrado en la corriente de la solidaridad.
Más aún, percibiremos que si hemos podido dar, es porque antes nosotros mismos hemos recibido: afecto, bienes materiales, educación, posibilidades, amistades, etc. Si somos solidarios, no es porque seamos los dueños sino los administradores de nuestras vidas, tiempo, bienes. Lo que somos y recibimos, lo tenemos para multiplicarlo poniéndolo al servicio.
En este camino de solidaridad se trata no tanto de dar algo, sino más bien de “vibrar con”, “sentir con”, “cambiar y convertirme con”. No son ya “ellos y nosotros”, sino que somos “todos” los que nos disponemos a recibir de Dios y compartir entre nosotros, de manera de poder cambiar, gracias al esfuerzo común, las estructuras de pecado.
Los cristianos tenemos, además, ejemplo de solidaridad máxima: a fin de compartirlo todo con nosotros, el Hijo de Dios se hizo hombre. La Sagrada Escritura dice que Jesucristo "se hizo pobre, a fin de enriquecernos con su pobreza" 2Cor 8,9.
El evangelio según San Lucas (10,29) nos relata también la respuesta de Cristo cuando fue interrogado acerca del prójimo, (hoy diríamos cuando fue interrogado acerca de la solidaridad). Allí relata la parábola del Buen Samaritano que muchos de ustedes conocerán. En este relato, quien reconoció al hombre mal herido como prójimo, fue aquella persona que "lo vio y se conmovió" y luego hizo efectiva su compasión: lo recogió y lo llevó adónde pudieran cuidar de él.
Juan Pablo II decía (SRS nº38-40), que la preocupación social es ante todo un problema ético, por lo tanto no se trata sólo de intentar soluciones económicas o estructurales: en primer lugar la respuesta pasa por el corazón del hombre. Para ello es necesario un profundo cambio interior que los cristianos llamamos “conversión”. Este cambio se expresará en la solidaridad que bien definía aquel Papa como “la determinación firme y perseverante de empeñarse en el bien común”.
Además de ocuparnos por la educación de los más pobres, hemos de preocuparnos por la educación de los integrantes de los otros sectores sociales. A éstos últimos hay que formarlos en este itinerario hacia la solidaridad que venimos describiendo. De ésta manera, lograrán no sólo la promoción de los que menos posibilidades tienen, sino su propia promoción, humanizándose en el trabajo con los pobres.
III. ACTUAR
Voy a esbozar ahora algunas ideas que me parece que pueden ser útiles para llevar a la práctica la propuesta de educación, justicia y solidaridad que acabamos de reflexionar:
• En primer lugar, hay que darse cuenta que si no se introducen reformas sustanciales en el orden educativo, se acentuará la bipolaridad social ya suficientemente visualizada desde la organización urbana en barrios privados al lado de villas de emergencia. Hay que ponerse a trabajar en este tema de modo denodado.
• Es necesario contar con presupuestos adecuados para educación, invirtiendo en todo lo que le compete: infraestructura, materiales didácticos, formación de docentes y remuneraciones adecuadas para ellos. Es recomendable que esta inversión sea al menos de 6% del PIB (producto interno bruto). Por cierto, es fundamental que ese esfuerzo que realiza la sociedad tenga como contrapartida una administración eficaz, eficiente y transparente.
• Sería una gran contribución a la erradicación, o al menos reducción, de la pobreza y a la construcción de una sociedad más equitativa en la distribución del ingreso que la inversión de estos presupuestos otorgara prioridad a los siguientes rubros.
o Lograr tan rápido como sea posible la universalización del acceso a la educación inicial, al menos desde la sala de 4 años, porque los niños que no asisten a ella inician su ciclo primario con una desventaja difícil de recuperar.
o Mejorar sustancialmente la calidad de las escuelas a las que asisten los más necesitados, porque vivimos en nuestro continente una realidad de segregación o aun discriminación educativas, en la que las escuelas a las que asisten los niños y jóvenes de menores recursos son en promedio las de peor calidad. Las escuelas pobres para los pobres deben transformarse en escuelas ricas para los pobres.
o Afianzar la prioridad de las zonas más pobres, ejerciendo efectivamente la opción preferencial por ellas en la asignación de recursos e implantando primero en ellas, luego en todo el sistema, una jornada extendida -6 horas diarias- que les permita a los niños de estos grupos sociales acceder a la segunda lengua, la expresión artística, el deporte y la recreación, las tecnologías y una formación humana integral. Sólo así se posibilitará el desarrollo pleno de la personalidad de niñas y niños que viven en contextos desfavorables. Para que cada uno encuentre su vocación en la vida es necesario que tenga la oportunidad de conocer y experimentar distintas alternativas.
o Tender tan rápido como sea posible a la universalización del acceso, la permanencia y la graduación en el nivel medio, pero incorporando en su currículo la adquisición de competencias laborales. La desvinculación entre el mundo de la educación y, por otro lado, el del trabajo y de la empresa, es un mal secular de América Latina, con las honrosas excepciones del caso. Son millones los chicos que aun terminando la escuela media no podrán o no querrán seguir estudios superiores, y se encontrarán con un diploma que poco les servirá para el mundo del trabajo. Lo aquí propuesto, en cambio, tenderá puentes de integración social.
o Propender a que el gobierno del sistema educativo se haga centrado en las escuelas, fomentando su razonable autonomía y propendiendo a que cada una de ellas formule y evalúe periódicamente junto a la comunidad educativa el Proyecto Educativo Institucional.
• Se suele distinguir entre: EDUCACIÓN FORMAL y EDUCACIÓN INFORMAL. Ambas son importantísimas y necesarias. Quizás habría que tender a que la informalidad “se formalice” pero hoy debe basarse en la detección y formación o capacitación de líderes barriales, con autoridad moral sobre las pandillas y grupos marginales que por su influencia pueden generar hábitos distintos. En muchos casos son “los únicos” que tienen cierta “autoridad moral” en los contextos de marginalidad.
• La clave de la educación más que en las estructuras (las que sin duda deben ser transformadas funcionalmente) está en los maestros (o líderes educativos). Se necesitan nuevos liderazgos. Los obispos argentinos hemos hablado de este tema en el documento del Bicentenario (HBA n°21-22). Así como es necesario contar con líderes políticos y sociales que tengan una mentalidad “nueva”, es necesario formar nuevos líderes educativos.
• Las reformas educativas son las respuestas más claras y definidas para erradicar la pobreza y exclusión pero a la vez dependen de otros contextos de la sociedad que tienen que ver con:
- la generación de riqueza y la capacidad de una buena distribución,
- políticas de estado que perduren en el tiempo,
- superación de intereses de grupos y sectores para que sus motivaciones se subordinen al bien común,
- cambio de estilo en las relaciones sociales y políticas: cambiar el estilo de confrontación y derrota del opositor, por una actitud dialogante y acuerdista.
• Es imposible pensar políticas educativas si no se combaten con firmeza las estructuras que generan adicciones: el alcohol y el juego y sobre todo el narcotráfico. Frente a la droga la educación no puede obviar políticas preventivas pero éstas no alcanzan. La sociedad debe plantearse una efectiva acción policial persecutoria del narcotráfico.
• Hoy debe volverse a unir educación con generación de hábitos de trabajo. Teniendo mucho cuidado de preservar el trabajo infantil de cualquier intento de explotación, se debe ser creativo desde ambas educaciones (formal e informal) por desarrollar las capacidades artísticas, técnicas, informáticas, etc. de los niños y jóvenes.
EN SÍNTESIS,
Tomando la tríada de la Revolución Francesa se puede decir que: si el siglo XIX fue el de la libertad, el siglo XX fue el de la igualdad, en el siglo XXI deberemos construir la sociedad de la fraternidad.
Hoy hemos perfeccionado aquellos conceptos:
→ Educar para la libertad es hoy educar para el compromiso (en la libertad para).
→ Educar para la igualdad, hoy es educar para que todos tengan posibilidades de crecer y desarrollarse como hijos de Dios en una rica diversidad.
→ Educar para la fraternidad, hoy significa educar para la justicia y la solidaridad. Los cristianos y todas las personas de otras religiones y de buena voluntad en América Latina podemos construir, desde la educación prioritariamente, un continente de hermanos. Las corrientes inmigratorias y migratorias que hoy son intercontinentales nos plantean el desafío de tratarnos todos (con los miembros de pueblos originarios y con los otros inmigrantes de América), como hermanos.
Tengo mucha esperanza, pienso que el panorama que tenemos frente a nosotros y que hemos reflexionado aquí brevemente, no debe alarmarnos, todo lo contrario, debe desafiarnos a soluciones creativas y eficaces, a un trabajo confiado en las enormes posibilidades que Dios ha depositado en nosotros, en cada hombre, en todo hombre.
No todo es oscuro. Hay muchos signos de vida que alientan nuestro peregrinar, hay muchas personas (quizás más de las que pensamos), que invierten muchas horas de su vida, su capacitación, y sobre todo su cariño y dedicación en alguna tarea en favor de los demás. Su testimonio nos anima y estimula a hacer otro tanto.
Son muchos los testimonios históricos y también del presente de América Latina, de hombres y mujeres que ofrendan sus vidas en esta opción preferencial por los pobres. Encomendamos a Nuestra Señora de Guadalupe todos nuestros esfuerzos y renovamos nuestro compromiso de seguir trabajando por un continente sin excluidos.
+ Jorge Casaretto
Obispo de San Isidro